ALGUNO DE ESOS VIERNES POR LA MAÑANA
La verdad, qué se puede esperar de un viernes por la mañana en una época de total desobligación –desobligación que alimenta al alma del bohemio-.
Dije
mañana? Bueno, las dieciocho cuarenta y cinco, que es lo mismo en este momento.
De
todas maneras corro mi alma, el pedazo metálico de mi esencia, la máquina de
escribir que he heredado de mi familia –una Lexicon 80-, la que siempre usé
para volar.
Golpeo
sin querer el parlante del tocadiscos que está poniendo un tango de Arolas,
que, de alguna manera, ahora se convirtió en “Cachita”, de Rafael Hernández.
Ay,
el único parlante que anda verdaderamente bien! No importa, si sigue andando es
que seguramente no se rompió...
Ahí
yo pensando en lo que me pasaría una de esas noches muertas de viernes en la
ciudad de la muerte, valga la redundancia, la Gran Jaula rosarina.
Algo
de alcohol como anoche, un whisky frío y unos partidos de poker sentado en el living
de un amigo malabarista.
Algún
lugar desenfrenado con esa chica que me mira fijo y que al observar quede mi
boca sale un círculo de humo ella deja al apretado aire una gran argolla de
este espeso humo la cual acaba siendo atravesada por ese dedo con uña medio-larga
pintada de rojo... Irresistible! Quizás
sea también el martirio del hombre heterosexual y el delicioso y adictivo
veneno del poeta.
De
todas maneras dejo sonar ese viejo tocadiscos y volar mi cabeza hacia el exterior
de mi habitación, allí por la ventana, y que se pierda en el gris-azulado cielo
de la cuna de nuestra asquerosa bandera, como anteriormente lo dije, La Gran
Jaula.
He venido
de lejos, hace poco estuve de viaje. Extrañaba esta, la más bella y adictiva de
las horribles ciudades de Latinoamérica, el París del tercer mundo como dije
anoche mientras borracho, caminaba por las veredas del monumento a la bandera y
su barrio tan fabuloso, de vuelta a mi morada a eso de las seis de la mañana –ya
de día- con mis colegas.
Ese
sonido de “escrache” permanente me indica que el disco terminó... Qué será de
mi esta noche??
Esteban Porronett
Enero del 2005